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jueves, 12 de noviembre de 2015

Patéticamente en aquella banca...


En medio de una ciudad desastrosa que nunca duerme, donde los sueños se entrelazan con el murmullo del horrible tráfico y las luces titilan como estrellas atrapadas en el asfalto, un hombre solitario sentado en una banca desgastada emerge de la sombra de una sombra. Era un rincón olvidado del parque, donde lo negro se alargaba como sus pensamientos, y el aire estaba impregnado de nostalgia.

Con la cabeza gacha, se convirtió en un árbol marchito, cuyas hojas habían caído antes de tiempo. Sus hombros eran ramas quebradas por el peso de la tristeza, y sus manos, dos garras que sostenían un cigarrillo recién encendido. La llama danzante era su única compañía, una chispa de vida en medio de su desolación.

Escucha, le decía a su cigarrillo, como si fuera un confidente fiel. Eres el único que puede comprender la tormenta que azota mi alma. Cada palabra brotaba de sus labios como un eco perdido en el vasto silencio del parque. La brisa suave acariciaba su rostro, pero no podía disipar las nubes grises que se cernían sobre su corazón.

El humo se elevaba en espirales etéreas, como los recuerdos que lo perseguían. Eran sombras de risas pasadas y promesas olvidadas, flotando en el aire con la fragilidad de un susurro. ¿Por qué es tan difícil encontrar la luz? preguntó al cigarrillo, que lo miraba con indiferencia mientras consumía su esencia lentamente.

A su alrededor, las flores marchitas parecían asentir a su lamento. Eran compañeras silenciosas en su duelo, testigos impotentes de una vida marcada por la soledad. Las aves cantaban a lo lejos, pero sus trinos sonaban como melodías lejanas; no alcanzaban a romper la burbuja opaca que lo envolvía.

Cada calada era un intento de ahogar sus penas en una nube de humo gris. Con cada bocanada, se sentía más ligero y más pesado al mismo tiempo; era una danza trágica entre el alivio temporal y la tristeza persistente. Tú eres mi refugio, murmuró con voz apagada. Pero incluso tú no puedes salvarme.

Los minutos se deslizaban como hojas arrastradas por el viento; la tarde se tornó noche sin que él lo notara. Las luces de la ciudad comenzaron a brillar como estrellas perdidas en un océano oscuro. En ese momento, comprendió que su cigarrillo era solo un reflejo de sí mismo: ardiente y efímero.

Finalmente, dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó bajo su pie como si pudiera extinguir también sus problemas. Pero sabía que no podía; eran sombras que lo seguirían incluso en la oscuridad más profunda.

Con un suspiro profundo, levantó la mirada hacia el cielo estrellado. Había algo sublime en esa vastedad; tal vez los mismos sueños rotos que llevaba consigo podrían encontrar consuelo entre las constelaciones. En ese instante fugaz, sintió una chispa de esperanza brotar dentro de él: tal vez la soledad no era solo su condena, sino también el preludio de renacer.

Permaneció allí un rato más, contemplando las estrellas y dejando que sus pensamientos danzaran libremente entre ellas; un hombre solitario que comenzaba a entender que incluso en la penumbra hay espacio para soñar.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Como si fuera un tiempo, al que nunca es de nosotros


Era una tarde de otoño "siempre es en otoño," cuando las hojas danzaban en el viento con un suave susurro. Caminaba por un sendero que serpenteaba entre árboles dorados, dejando a su paso una alfombra crujiente de colores cálidos. El aire fresco llevaba consigo el aroma a tierra húmeda y a promesas perdidas.

De repente, en un claro iluminado por la luz dorada del brillo poniente, A. la vio, B. estaba sentada en una piedra cubierta de musgo, con un libro abierto sobre sus rodillas. Su cabello caía como cascadas de luz sobre sus hombros, y su mirada se perdía en las páginas como si estuviera viajando a mundos lejanos. A. se detuvo, cautivado por la imagen que ella proyectaba: una figura inpalpable en medio del paisaje que parecía cobrar vida a su alrededor.

Sin pensarlo, se acercó. Cada paso era un eco de su corazón latiendo más rápido. Al llegar a su lado, A. sintió cómo el tiempo se detenía; el murmullo del viento se desvaneció y todo lo demás se desdibujó. B. levantó la vista y sus ojos, dos lagos profundos, lo abrazaron con una calidez inesperada.

¿Qué lees? preguntó A. su voz temblando como las hojas al caer. B. sonrió, una sonrisa que iluminó el crepúsculo y llenó el aire de magia.

Historias de lugares lejanos, respondió B. con suavidad, donde los sueños florecen y los corazones encuentran su camino.

A. se sentó junto a B, y así comenzó un diálogo que fluía como el río cercano: natural y libre. Hablaron de todo y de nada; compartieron risas que resonaban entre los árboles y momentos de silencio en los que las palabras parecían innecesarias. Era como si sus almas se conocieran desde tiempos inmemoriales.

El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. A cada instante compartido se sentía más conectado a B, a su risa melodiosa y a la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de sus sueños. Sin embargo, en el fondo existía una sombra de tristeza; sabía que el tiempo era fugaz.

Cuando finalmente la tarde se despidió y la primera estrella apareció en el cielo oscuro, A. comprendió que aquel encuentro había dejado una huella indeleble en su corazón. Se levantaron juntos y caminaron hacia el sendero por donde habían llegado, pero ahora todo parecía diferente; cada hoja crujiente bajo sus pies era un recordatorio del instante mágico que acababan de vivir.

Antes de separarse, B. miró a A. con una mezcla de nostalgia y esperanza. A veces, dijo suavemente, los encuentros son solo fragmentos de lo que podría ser.

A. asintió, sintiendo cómo las palabras calaban hondo en él. En ese momento comprendió que no necesitaban ser nombrados; eran solo dos almas errantes que habían cruzado caminos por un breve instante en este vasto universo.

Cuando finalmente tomaron caminos distintos al caer la noche, A. sintió que llevaba consigo un trozo del alma de B. Era un regalo invisible pero poderoso: la posibilidad de lo efímero convertido en eternidad.

Como lo conoció; no solo como un encuentro fortuito entre dos desconocidos, sino como una danza poética entre lo tangible y lo soñado.





martes, 10 de noviembre de 2015

ARRIBA EN EL TECHO


En un pequeño pueblo abrazado por colinas de un verde profundo, donde el canto de los pájaros se entrelazaba con el murmullo del río, había una antigua biblioteca. Sus paredes estaban cubiertas de hiedra y sus ventanas, enmarcadas con madera desgastada, parecían ojos curiosos que observaban el paso del tiempo. En su interior, el aire estaba impregnado de un aroma a papel envejecido y aventuras olvidadas.

Cada tarde, al caer el sol, un niño llamado Samuel se aventuraba a cruzar el umbral de aquella biblioteca. Con un cuaderno en mano y una pluma que había pertenecido a su abuelo, se sentaba en la esquina más oscura, donde la luz apenas alcanzaba a iluminar las páginas de los libros. Allí, entre las historias de héroes y mundos lejanos, Samuel encontraba refugio.

Era un niño soñador, cuya imaginación desbordaba como las hojas en otoño. Se perdía en relatos de valientes caballeros y mares embravecidos, pero lo que más le fascinaba eran las cartas que su abuelo había escrito durante la guerra. Cada palabra parecía resonar con el eco de aquellos días lejanos, llenos de esperanza y anhelos.

Una tarde particularmente fresca, mientras hojeaba los libros en busca de inspiración, encontró un diario desgastado. La tapa estaba decorada con un dibujo de un barco navegando hacia lo desconocido. Al abrirlo, descubrió que pertenecía a una mujer llamada Elena, que había vivido en el pueblo hacía más de medio siglo. Sus páginas estaban llenas de relatos sobre su vida: amores perdidos, amistades forjadas en tiempos difíciles y sueños que nunca se materializaron.

Cada entrada era como un susurro del pasado; cada frase una ventana a otro tiempo. Samuel se dio cuenta de que Elena había sentido lo mismo que él: la melancolía por lo que no había sido y la admiración por lo que sí fue. Así, mientras leía sus palabras llenas de anhelos y risas perdidas, comprendió que la nostalgia no solo es tristeza; es también una celebración de lo vivido.

Con cada página que pasaba, el niño sintió cómo su corazón se llenaba de gratitud por aquellas vidas entrelazadas con la suya. En ese momento mágico, comprendió que todos somos parte de una historia mayor; las memorias compartidas nos unen a través del tiempo.

Cuando finalmente cerró el diario al caer la noche y la biblioteca se sumió en sombras suaves, Samuel sintió una chispa dentro de él. A partir de ese día prometió llevar consigo las historias del pasado como faros en su camino hacia el futuro. Así comenzó a escribir sus propias aventuras, dejando huellas para aquellos que vendrían después.

Es como la nostalgia se convierte en admiración: al recordar no solo lo que hemos perdido, sino también todo lo que hemos ganado a través de nuestras vivencias compartidas.